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En la cima del cerro “Chepén”, mudo testigo de las cuitas y alegrías de su ciudad, se alza imponente el símbolo viviente del cristianismo. Allí, a más de 400 metros de altura, dejaron la cruz que con sus brazos en alto anuncia la existencia de un pueblo noble, generoso, creyente y activo participante de los principios cristianos; hoy ese mismo cerro se siente orgulloso y grita con más vehemencia la religiosidad chepenana, porque ya no sólo su cima sentirá el peso del símbolo de la fe, sino también su empinada pendiente y sus candentes arenas han de servir de sostén a una imagen, que paso a paso significará la presencia de una esperanza, de una madre que como todas las del  mundo, están en lo sublime disfrutando de la presencia eterna de Dios. Esa mujer que recibió el sublime don de la maternidad ha comprometido el recuerdo de su hijo y ha fundido en ese recuerdo santo lo humano, en el bronce, en la piedra, en el fierro, en la roca; y lo divino en la expresión de esos cuerpos hechos vida gracias al cincel de Juan Ankajima Rumiche, un foráneo, un piurano que San Sebastián lo enraizó en esta naciente provincia y como un chepenano más ha puesto su brazo y su cerebro al servicio del hombre y a la honra de Dios. Esa mujer, esa madre a la que me refiero,  fue la señora Hortensia Ruiz de Alvarado, en cuya memoria su hijo Alcides, haciendo realidad un caro anhelo de su madre, dotó a Chepén de un paseo turístico que será admirado y envidiado porque es una verdadera obra de arte, distribuida a lo largo de más o menos 600 metros de pendiente de nuestro cerro.

Allí encontramos la dulzura de Jesús, la severidad del centurión romano, la hipocresía de Pilatos, la nostalgia de las mujeres de Jerusalén, el dolor de María, el arrepentimiento de Magdalena, el cariño de Juan, la bondad del Cirineo, la ceguera de Longines y toda el alma del cristianismo que ha golpe de comba y cincel ha ido dejando Juan Ankajima, y un hijo que ayer lloró la partida y hoy comparte la sonrisa invisible de su madre a lo largo de su Vía Crucis particular, vivida para materializar el recuerdo de la tragedia Hombre  Dios.

Y dejaron un hermoso paseo turístico. Las imágenes que representan a los actores de la Vía Dolorosa, fueron dejadas en cada una de las estaciones gracias al servicio que prestó el helicóptero FAP piloteado por el Teniente FAP Eddy Espinoza Colona llevando como copiloto al técnico FAP Francisco Lombardo Perea, ambos del grupo aéreo nº 3 de Lima, como fotógrafo al Sub  Oficial FAP Edgardo Zegarra Lombossio del grupo aéreo 11 de Talara. Su presencia y su actuación constituyó un espectáculo sui géneris en el cielo chepenano y, sin lugar a dudas, el 30 de junio de 1984 ha de ser recordado con cariño cada vez que un miembro de la FAP cruce nuestra bóveda celeste. A este recuerdo ha de asociarse el nombre del Prefecto de Lambayeque, el chepenano Julio Armas Loyola que amó y sirvió a su tierra, así como a la Fuerza Aérea Peruana, verdaderos Caballeros del Aire. Más de un año de continuo bregar desafiando la inclemencia del sol y el soplo del viento, un año desde que Alcides y su cuñado el argentino Carlos Putzlacher Rhode comenzaron a luchar con la tierra, la piedra, con el tiempo y también con la incomprensión; pero hoy, todo está vencido, tienen a su pueblo en torno a esa madre y su hijo, a esa obra, ese Vía Crucis que ya dejó de ser patrimonio familiar para ser alma y cuerpo de Chepén, porque es una gloria más que tiene que pregonar nuestro cerro y un tesoro preciado que guardar.
La vida no sólo es muerte, el Vía Crucis que es sinónimo de dolor culmina con la Resurrección de Jesús y el triunfo de la vida eterna sobre la muerte; por eso este Vía Crucis  culmina  con la efigie de un Cristo gigante, de diez metros de altura para demostrar la bondad infinita de nuestro Padre y nos invita a peregrinar con fe, resignación y esperanza para alcanzar el Reino de Dios que no es de este mundo.
Los chepenanos expresamos nuestro agradecimiento y felicitación a Don ALCIDES ALVARADO RUIZ, por esta obra tan maravillosa que nos ha dejado un profundo eco de gratitud a un pueblo que es cofre de bondad y cristianismo.

 

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